Nunca murió, siguió en las calles ennegrecidas esperando el momento oportuno para atacar.
Con hambre, como las bestias.
Supo desde que vió por primera vez la cara de ese niño infeliz, que su final estaba cerca, pero no eterno.
Ahora vuelve, y se lo ve pasear intranquilo por los callejones, buscando otros niños desdichados para robarles el alma y toda esperanza.
Para poder alimentarse.
Con la mirada siempre puesta en un punto fijo, esa mirada roja y vacía.
Algunos dias de primavera, como este, se olvida por un momento de su odio, y se entrega contra su voluntad a la luz, de la que tanto se oculta.
Pero nunca se olvida de lo que es y lo que hace.
Por eso, hay que tener mucho cuidado y no estar desprevenido, si algun dia, en un parque, El Judío se sienta al lado tuyo, con esa cara de viejo inocente...

